Hay callejones, plazas, plazuelas y jardines de la ciudad, que llaman la atención por sus nombres, lo que no es de sorprender ya que toman sus nombres de la historia o de acontecimientos que se han convertido en leyendas. Así es como entre sucesos confusos por el paso del tiempo y las historias que se han contado de boca en boca, adquiere su nombre el jardín “El Cantador”.

José Carpio es el personaje que da origen a esta leyenda, en el siglo XVIII, en aquella época en la que la minería hizo prosperar a la ciudad. Hijo de un minero, conocía muy bien el trabajo de su papá a quien solía acompañar y ayudar ocasionalmente.

Desde muy joven mostró su talento como músico; con su guitarra y vos acompañó las reuniones familiares y llevó serenatas a aquellas mujeres que caían a sus pies cautivadas por sus interpretaciones.

Lamentablemente, los accidentes en las minas eran frecuentes y en uno de ellos su padre perdió la vida. José comenzó también a trabajar como minero a la par que continuaba llevando sus canciones de casa en casa, pues sus vecinos, para ayudarlo, lo contrataban y recomendaban para fiestas tanto privadas como públicas.

Poco a poco acumuló dinero hasta que pudo adquirir un zangarro con el que subsistió el resto de sus días. Después de su muerte, el zangarro cambió de propietarios y años después se construyó en su lugar una hacienda de beneficio a la que se dice nombraron El Cantador, en honor a José Carpio

Pasaron las décadas y los siglos, la hacienda desapareció, dejando apenas algunas partes de la construcción de pie como recuerdo, y en una parte del terreno donde estuvo aquella hacienda, el ayuntamiento creó un jardín que conservó el nombre de El Cantador.

Todavía a mediados del siglo pasado, los vecinos de aquel jardín, el cual lucía con aspecto boscoso, aseguraban que a altas horas de la noche, la quietud permitía escuchar a José cantando, hecho al que ya estaban acostumbrados y que les provocaba serenidad.
Fuente: Qhuanaxhuato